Para Maestro Agustín, el mezcal es una forma de vivir en armonía. Cada agave que cultiva lo trata con el cuidado de un hijo, dándole el tiempo necesario para madurar a su propio ritmo antes de cosecharlo. Al alimentar el horno para la primera destilación, Maestro Agustín visualiza las llamas como una extensión de la vida misma, convirtiendo lentamente los agaves en espíritu.
Durante años, la fama no lo buscó. Maestro Agustín se sentía satisfecho con compartir su mezcal solo con su familia y vecindario cercano. Pero luego, poco a poco, la demanda de su elixir auténtico comenzó a crecer. Turistas empezaron a peregrinar hacia su pequeño pueblo en Oaxaca, en busca del mezcal hecho con manos suaves y corazón amoroso.
Maestro Agustín ha aprendido que la fama puede venir y puede ir, pero el proceso sagrado permanece el mismo. Cada botella que produce ahora tiene la oportunidad de extender su mensaje de humildad, gratitud y conexión profunda con la tierra que lo sostiene.