Las manos, el corazón y el profundo amor por la tierra oaxaqueña que hacen posible cada gota de nuestros destilados.
El mezcal de Maestro Francisco es un elixir que surge de su profundo amor por su tierra natal en Oaxaca. Lleva décadas cuidando sus parcelas de agave, observando cómo cambian a través de las estaciones, notando los matices sutiles en la tierra después de cada lluvia.
Para él, cada piña de agave es un tesoro que alberga, cultiva y luego ofrece para crear su mezcal. El proceso de convertir esas plantas silvestres en el delicado néctar espirituoso es una forma de honrar la tierra que lo vio nacer, las tradiciones de sus antepasados y la herencia cultural de los pueblos indígenas de Oaxaca.
«Su mezcal es, ante todo, una expresión física de su amor por Oaxaca: por su gente, su patrimonio agrícola, su historia y su espíritu indomable.»
El mezcal de Maestro Raúl emana de una profunda conexión con la tierra y el proceso de transformación. Para él, el mezcal es una ofrenda que rinde homenaje a la naturaleza que lo rodea.
Cada etapa de la elaboración — desde el cuidado minucioso de sus agaves durante años hasta la selección precisa de las hojas de maguey para cubrir los hornos — se lleva a cabo con reverencia y atención a los detalles. En la mente de Maestro Raúl, cada botella que produce es una oración que agradece a la tierra fértil, a los árboles que le proporcionan leña para sus hornos y a sus ancestros cuya sabiduría ha heredado.
Cada botella que produce repleta de los espíritus de esos agaves maduros es una ofrenda perfumada a la tierra, el fuego, el viento y el agua que lo hacen posible.
Para Maestro Agustín, el mezcal es una forma de vivir en armonía. Cada agave que cultiva lo trata con el cuidado de un hijo, dándole el tiempo necesario para madurar a su propio ritmo antes de cosecharlo. Al alimentar el horno para la primera destilación, Maestro Agustín visualiza las llamas como una extensión de la vida misma, convirtiendo lentamente los agaves en espíritu.
Durante años, la fama no lo buscó. Maestro Agustín se sentía satisfecho con compartir su mezcal solo con su familia y vecindario cercano. Pero luego, poco a poco, la demanda de su elixir auténtico comenzó a crecer. Turistas empezaron a peregrinar hacia su pequeño pueblo en Oaxaca, en busca del mezcal hecho con manos suaves y corazón amoroso.
Maestro Agustín ha aprendido que la fama puede venir y puede ir, pero el proceso sagrado permanece el mismo. Cada botella que produce ahora tiene la oportunidad de extender su mensaje de humildad, gratitud y conexión profunda con la tierra que lo sostiene.